lunes, junio 20, 2011
Capítulo IV
La luz entraba brillante y fría, como si de agua arrojada se tratase. Su cara arrugaba los ojos ante una claridad ensordecedora, mientras intentaba mover su cuerpo vestido con aquellos vaqueros manchados de pintura blanca y la misma camiseta verde de los últimos días. Sus piernas adormecidas por varios días no se movían, mientras entornaba los ojos, intentaba arrastrarse entre las sábanas con la poca fuerza que tenía en los brazos. Cuando por fin pudo mirar a través de sus ojos, no reconocía ese lugar, una habitación en fuertes tonos granates envueltos en un papel pintado ajado en las junturas. En el suelo una bandeja con platos sucios amontonados junto a setenta centilitros de Macallan vacíos.
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