
El demonio volvió a salir aquella noche, ojos rojos enloquecidos, canto de rabia imbuida por un cúmulo de resentimientos. Palabras, emanaban como cataratas de astillas punzantes, alcanzando y desmembrando sentimientos que formaban parte del pilar sagrado, necesario para continuar.
Hacía algunos meses que el demonio campaba a sus anchas, acechaba de nuevo, con otras ropas, con otros pretextos. Su disfraz era aparentemente más ligero, construido de minucias sin capacidad de generarle más poder. ¿Por qué era capaz entonces de generar tanto dolor?
A menudo pensaba que no podía escapar de ese demonio, por mucho que navegaba a favor del viento, para conseguir la mayor distancia posible de esos momentos, en algún punto, siempre volvía a encontrarlo. Cada vez perfeccionaba más sus apariciones, sibilinamente alimentaba el odio en el alma humana, y entonces vi odio en esa alma, los ojos se le tiñeron de rojo cual el propio demonio, sentí alejarse a esta alma a un lugar oscuro del laberinto, sin saber si el camino volvería a acortarse alguna vez.
Finalmente huí del demonio, busqué el primer escape para no seguir escuchando, como en cada encontronazo de antaño. Al rato me pregunté, si huir no le haría más fácil encontrarme la próxima vez, si no le daría más poder para seguir trabajando en su objetivo, el cisma.
Enfrentarse a las palabras ¿por donde se empieza?