Llevo tanto tiempo conteniendo ser quien soy, me esfuerzo por ser quien debo ser, por lograr, incluso por ser quien quiero ser. Hacía mucho tiempo que no me permitía llorar, que no dejaba escapar esa parte de mí. Sí, hacía mucho tiempo que no dejaba que la debilidad fuera visible. Día tras día al cien por cien, siéndolo todo y no siendo nada. Siento que llevo una vida luchando, y solo acaba de empezar. Sé que este momento, es solo eso, un momento, mañana habrá pasado y la liberación se habrá terminado. Seguiré encarcelada en lo que sueño conseguir, a fin de cuentas mi sueño, que no sé de donde salió, es el camino que he escogido. Qué bien sienta la locura, reír entre lágrimas, y volar a tu mundo, aunque sea solo un momento.
Porque yo no soy la chica que piensa como vestir más perfecta, no soy esa persona que piensa en lo que tiene que hacer, no soy la que quiere ir con los zapatos de tacón impecables y la barbilla alta, bien alta, para lucir mi pelo.
No soy más que esa chiquilla que leía poemas tirada en la hierba a sus amigos, aquella que no tenía miedo de reír en cada segundo, ni reparo en hacer mil disparates sin pensar, simplemente sonriendo en cada momento, menos en aquellos en los que melancólica leía o lloraba frente al mal.
Soñaba, y reía, y soñaba una vez más, y gritaba y saltaba, como si estuviera a punto de explotar.
Pero se apagó mi fuego, ya mi cara no sonríe, mis sueños ni de noche pueden vivir, ya no hay tardes de melancolía, no hay tiempo para ellas, solo un pozo de tristeza a punto de desbordarse. Los poemas, encerrados, hace años que mi voz no los oye, incluso mi alma comienza a olvidar versos que grabó hace años, mi cuerpo se mueve más lento o quizá simplemente constante, no acelera, no se vuelca, no siente sus venas. Y es que ahora una hoja en blanco parece un desafío, pero uno que no quiero aceptar, y solo con mirar a otro lugar, el pozo se llena un poco más mientras me pierdo en el azar.
Y es que mi mundo se ha quedado sin luz, cuando veo el cielo inundado de sol, se cierran mis ojos un poco, como si lo repelieran.
Corre mi vida, la veo alejarse, veo como se marchita a lo lejos, pero no veo horizonte, no veo más que una calle que se estrecha en la profundidad. Yo sigo inmóvil mientras la observo alejarse. De pronto quito la vista, me estremezco y cierro los ojos, y al abrirlos solo oigo soledad, mi vista se nubla, ya no veo lejanía, ni siento mi alrededor, no suena mi cuerpo, no me hablan mis recuerdos, solo respira el olvido, mi mayor miedo lo he creado y me ha devorado. El olvido de mi misma.
Por qué, porqué siempre tenemos que ser de un único tipo, o somos de los que nos arrepentimos o somos de los que no nos atrevemos. A menudo me pregunto los motivos por los que la gente no se atreve a escuchar sus impulsos, a buscar metas efímeras o a cambiar simplemente por el hecho de cambiar. Y otras veces me pregunto por qué otras personas escuchan, buscan y cambian y luego sienten arrepentimiento. Al final, ¿qué es lo que más pesa?, dura más la emoción o el sentimiento de desconsuelo. Una alegría recorre mi cuerpo, es necesario arrepentirse, porque de entre todas las veces que te atrevas te arrepentirás numerosas veces, y muchos de esos momentos te acecharán el resto de tu vida. Pero aquellos impulsos que consigan evitar el naufragio, aquellos de los que nunca te arrepientas, estarán contigo siempre y habrás ganado un bien muy valioso, ya que será uno de los pocos que sobrevivieron a la tempestad, porque merecían la pena. A menudo es necesario acarrear pesares si eso conlleva la posibilidad de encontrar verdaderos tesoros, escasos y emocionantes tesoros.
Se cruza un pensamiento, un recuerdo a media velocidad, se contraen las yemas de los dedos, se desplaza rápidamente, las venas en la muñeca se expanden y noto cada gota de sangre atravesando. En un suspiro ha inundado mi cuerpo, contengo la respiración, aprieto los puños, es demasiado tarde, ya está dentro. Me confunde, nubla mi entendimiento, palabras, escritos, actos, emanan incontenibles llenos de locura, de furia, de desaliento. Mal no merecido odio imperecedero.
Retrocedí unos pasos alejándome del escritorio hasta topar con un pequeño sofá blanco, titubeante me senté dejando caer los brazos sobre los almohadillados laterales mientras desplomaba mi espalda y cabeza en el respaldo. Diez días antes estaba sentado de esta misma manera en el café, el mismo café donde cada día durante escasos minutos me aflojo la corbata, tomo un bocado rápido y vuelvo a ajustármela para volver al trabajo. Estaba especialmente abarrotado ese día, y así la conocí, se acercó súbitamente y se detuvo de golpe, me puso algo en la mano mientras me miraba fijamente a los ojos a escasa distancia de la cara, rompió ese segundo de silencio extremo diciéndome –te regalo mi tiempo- y se deslizó sinuosa hasta la puerta de salida.
El demonio volvió a salir aquella noche, ojos rojos enloquecidos, canto de rabia imbuida por un cúmulo de resentimientos. Palabras, emanaban como cataratas de astillas punzantes, alcanzando y desmembrando sentimientos que formaban parte del pilar sagrado, necesario para continuar.
Hacía algunos meses que el demonio campaba a sus anchas, acechaba de nuevo, con otras ropas, con otros pretextos. Su disfraz era aparentemente más ligero, construido de minucias sin capacidad de generarle más poder. ¿Por qué era capaz entonces de generar tanto dolor?
A menudo pensaba que no podía escapar de ese demonio, por mucho que navegaba a favor del viento, para conseguir la mayor distancia posible de esos momentos, en algún punto, siempre volvía a encontrarlo. Cada vez perfeccionaba más sus apariciones, sibilinamente alimentaba el odio en el alma humana, y entonces vi odio en esa alma, los ojos se le tiñeron de rojo cual el propio demonio, sentí alejarse a esta alma a un lugar oscuro del laberinto, sin saber si el camino volvería a acortarse alguna vez.
Finalmente huí del demonio, busqué el primer escape para no seguir escuchando, como en cada encontronazo de antaño. Al rato me pregunté, si huir no le haría más fácil encontrarme la próxima vez, si no le daría más poder para seguir trabajando en su objetivo, el cisma.