lunes, junio 20, 2011

Capítulo IV

La luz entraba brillante y fría, como si de agua arrojada se tratase. Su cara arrugaba los ojos ante una claridad ensordecedora, mientras intentaba mover su cuerpo vestido con aquellos vaqueros manchados de pintura blanca y la misma camiseta verde de los últimos días. Sus piernas adormecidas por varios días no se movían, mientras entornaba los ojos, intentaba arrastrarse entre las sábanas con la poca fuerza que tenía en los brazos. Cuando por fin pudo mirar a través de sus ojos, no reconocía ese lugar, una habitación en fuertes tonos granates envueltos en un papel pintado ajado en las junturas. En el suelo una bandeja con platos sucios amontonados junto a setenta centilitros de Macallan vacíos.

En soledad


Lidiar momentos en soledad, es curar la mente de insatisfacción
banalidades del día a día,
conversaciones iterativas
vida dentro de la nada
de un arroyo sin agua.

Y entonces el alma se llena de luz,
la soledad te deleita con pensamientos,
cientos de ideas que acosan tu mente,
mente no perdida en nada
más que en uno mismo,
mente egoísta y feliz.

Es capaz el mundo de sorprendente,
es posible encontrar la ilusión en un mar de desesperación

Parece que la vida se está riendo
mientras me observa llorar y después reír.

(Escrito una noche en Santiago, una de tantas noches en soledad)