Porque yo no soy la chica que piensa como vestir más perfecta, no soy esa persona que piensa en lo que tiene que hacer, no soy la que quiere ir con los zapatos de tacón impecables y la barbilla alta, bien alta, para lucir mi pelo.
No soy más que esa chiquilla que leía poemas tirada en la hierba a sus amigos, aquella que no tenía miedo de reír en cada segundo, ni reparo en hacer mil disparates sin pensar, simplemente sonriendo en cada momento, menos en aquellos en los que melancólica leía o lloraba frente al mal.
Soñaba, y reía, y soñaba una vez más, y gritaba y saltaba, como si estuviera a punto de explotar.
Pero se apagó mi fuego, ya mi cara no sonríe, mis sueños ni de noche pueden vivir, ya no hay tardes de melancolía, no hay tiempo para ellas, solo un pozo de tristeza a punto de desbordarse. Los poemas, encerrados, hace años que mi voz no los oye, incluso mi alma comienza a olvidar versos que grabó hace años, mi cuerpo se mueve más lento o quizá simplemente constante, no acelera, no se vuelca, no siente sus venas. Y es que ahora una hoja en blanco parece un desafío, pero uno que no quiero aceptar, y solo con mirar a otro lugar, el pozo se llena un poco más mientras me pierdo en el azar.
Y es que mi mundo se ha quedado sin luz, cuando veo el cielo inundado de sol, se cierran mis ojos un poco, como si lo repelieran.
Corre mi vida, la veo alejarse, veo como se marchita a lo lejos, pero no veo horizonte, no veo más que una calle que se estrecha en la profundidad. Yo sigo inmóvil mientras la observo alejarse. De pronto quito la vista, me estremezco y cierro los ojos, y al abrirlos solo oigo soledad, mi vista se nubla, ya no veo lejanía, ni siento mi alrededor, no suena mi cuerpo, no me hablan mis recuerdos, solo respira el olvido, mi mayor miedo lo he creado y me ha devorado. El olvido de mi misma.